Sobre el Sacramento de la Confesión y el rol del padre espiritual

Archimandrita Atanasio Anastasiou

 

La conducción de cada alma es obra del confesor, y no debe hacerse con directrices generales o “recetas”, sino con formas particulares de educación, en función de la constitución espiritual, las necesidades y las fuerzas de quienes acuden a él como guía.

 

 

Nuestro padre espiritual es el guía en la obra de la salvación de nuestra alma. Él rendirá cuentas ante Dios, el Día del estremecedor Juicio, por la forma en que haya conducido a sus hijos espirituales, por la la medida de su oración, por su esfuerzo en aconsejarles y su propia abnegación al cuidar de ellos, iluminándoles la conciencia, cultivando en su interior el amor a Dios y la devoción por la lucha espiritual, y animándolos en sus aflicciones, en su lucha con las pasiones, con tal de hacerles herederos del Reino de Dios.

La conducción de cada alma es obra del confesor, y no debe hacerse con directrices generales o “recetas”, sino con formas particulares de educación, en función de la constitución espiritual, las necesidades y las fuerzas de quienes acuden a él como guía.

En el Sacramento de la Confesión, Cristo nos otorga —de forma real y no teórica, simbólica o afectiva— el perdón de los pecados, y el alma siente, en verdad su liberación del peso, la culpabilidad y el amargor de sus iniquidades. Con Su amor paterno, es capaz de borrar, de los fieles que se arrepienten y se confiesan, cualquier turbación o duda vinculada al perdón de sus pecados. Al ser perdonados por el Espíritu Santo, a través del sacerdote, en el Sacramento de la Confesión, esas faltas quedan perdonadas para siempre.

 

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