Reposo del Venerable Serafín Milagroso de Sarov

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San Serafín, llamado durante su vida laica Projor Moshnin, nació en la ciudad de Kursk en el año 1759, en el seno de una familia de comerciantes. Al tener 10 años se enfermó gravemente. Durante su enfermedad, mientras dormía, vio a la Madre de Dios. La Santísima Virgen prometio curarlo. Algunos días mas tarde, se realizaba en Kursk una procesión, llevando el icono milagroso de Virgen que pertenecía a este lugar.

Debido al mal tiempo, la procesión hizo un corto recorrido que, justamente pasaba frente de la casa de la familia Moshnin. La madre llevó a su hijo a besar el milagroso icono y el niño al poco tiempo se curó. En los años de su juventud, San Serafín debió ayudar a sus padres en las tareas del negocio, pero el comercio no lo atraía. Al joven Serafín le gustaba leer los libros de la vida de los Santos, ir al templo y aislándose rezar. A los 18 años, Serafín decidió a dedicarse a la vida monacal. La madre lo bendijo con un crucifijo de cobre, el cual San Serafín durante toda su vida llevo de bajo de su ropa. Después entró en calidad de novicio de Sarov. Desde del primer día de la vida en el monasterio, las características de su vida fueron frugalidad y la vigilia. Una sola vez por día comía un poco. Los días miércoles y viernes no probaba bocado. Después, una vez recibida bendición de su monje anciano retirarse en el bosque a orar y pensar en Dios, lo hacia frecuentemente. Al poco tiempo, por segunda vez en su vida se enfermó gravemente. Durante 3 años debió guardar cama. Nuevamente fue curado por la Santísima Virgen María. La Madre de Dios se le apareció acompañada por varios Santos. Señalando al beato Serafín, la Santísima Virgen se dirigió al apóstol Juan Teólogo: “Este es de nuestra familia!” Luego, tocando su costado con el bastón, lo sanó.

 

Cuando tenia 27 años tomó las ordenes monacales recibiendo el nombre Serafín, que en hebreo significa “fervoroso, ardiente.” Al poco tiempo fue consagrado monje diácono. El nombre que le fue dado lo justificó plenamente con sus extraordinarios y ardientes rezos. Todo el tiempo, exceptuando por un corto descanso, se encontraba en la iglesia. Debido a estas oraciones durante y fuera de los oficios religiosos, el Beato Serafín se hizo merecedor de poder contemplar a los santos, quienes también tomaban parte de los oficios de la iglesia y cantaban. Durante de la misa de Jueves Santo, pudo ver al mismo Señor Jesús Cristo en su condición del “Hijo de la humanidad,” quien caminaba en el templo entre las fuerzas celestiales y bendecia a los fieles. Impresionado por esta visión, perdió el habla por mucho tiempo.

En el año 1793 el Beato Serafín fue consagrado monje sacerdote, después de lo cuál, durante todo un año, diariamente, oficiaba la Santa Misa y tomaba la Santa Comunión. Después, San Serafín se fue retirando al “Lejano desierto,” el lugar más apartado del bosque, distante del monasterio del Sarov a 5 km. Grande fue la perfección que alcanzó en ese tiempo. Los animales y fieras salvajes, como los osos, liebres, lobos, zorros y otras especies mas, se acercaban a la choza del asceta. La anciana del monasterio del Diveevo, Matrona Plescheiev fue testigo de cómo San Serafín de sus propias manos le daba a comer a un oso que se acercó a la choza. Lo que mas impresionó a la mujer, fue el rostro del gran anciano, “se veía lleno de gozo y luminoso como de un ángel,” relataba Matrona.

Viviendo en ese pequeño desierto, el Beato Serafín, en una ocasión sufrió a manos de los bandidos. De gran contextura física y llevando un hacha, el Beato Serafín no los enfrentó. Como respuesta a las exigencias de entregar el dinero y a las amenazas, depositó el hacha en el suelo, cruzo sus brazos sobre el pecho y resignándose se abandonó a su suerte. Los bandidos comenzaron a golpearle la cabeza con su hacha. La sangre comenzó a fluir de su boca y de sus oídos. El Santo perdió el conocimiento y se desvaneció. Los bandidos siguieron apaleándolo, patearon y arrastraron por el suelo. Dejaron de golpearlo únicamente cuando creyeron que estaba muerto. Lo único valioso que los bandidos encontraron en su choza, fue el icono de la “Enternecida” Madre Santa de Dios, delante de la cuál el Santo siempre rezaba. Después de un tiempo, los bandidos fueron atrapados y juzgados. El Beato Serafín intercedió por ellos delante de los jueces. Después del ataque el Beato quedó encorvado por el resto de la vida.
Poco después comienza el período de vida del Beato Serafín en el pilar. En esa época pasaba los días de rodillas sobre una piedra cerca de la choza y las noches — sobre otra en el bosque. Continuamente rezaba con los brazos alzados al cielo. Así rezó durante 1000 días.

Después de una visión que tuvo de la Madre de Dios, el beato Serafín en los últimos años de su vida se dedico a la tarea de “anciano-guiador” (el que recibe a toda la gente, que busca un consejo o una enseñanza). Miles de personas de diversos niveles sociales, económicos y culturales, comenzaron a visitar al anciano quien los enriquecía con su tesoro espiritual adquirido por medio de muchos años de sacrificio espiritual. La gente lo encontraba siempre dulce, alegre y pensativo. A sus visitantes el Santo recibía con las siguientes palabras “Alegría mía.” A muchos les daba el siguiente consejo”: Conseguí tener un espíritu pacifico y, alrededor de ti, muchos se salvarán.” San Serafín se prosternaba ante toda persona que se acercaba para hablar con él y luego bendiciéndola, le besaba las manos. No precisaba que relataran sus problemas, ya que él por su clarividencia sabía que pena tenia cada uno de ellos.

Decía: “La alegría no es pecado. La alegría aleja el cansancio, el cansancio trae el abatimiento y peor que el abatimiento no hay nada.” “Ah si supieras – una vez le dijo a un monje, — que alegría, que dulzura espera en el cielo el alma de un hombre pío, entonces soportarías en esta vida pasajera, con agradecimiento, toda clase de pesares persecuciones y calumnias. Si nuestra celda estaría llena de los gusanos, y estos gusanos comieran nuestros cuerpos durante toda nuestra vida, deberíamos aceptarlo con agrado, con tal de no privarse de la alegría celestial que Dios dispuso para aquellos que lo aman.”

Un señor de nombre Motovilov, admirador y discípulo de San Serafín, describió una milagrosa transformación del aspecto del santo. Este hecho ocurrió un día nublado, en invierno. Se encontraban en el bosque, Motovilov sentado sobre un tacón. En frente a él, el Santo estaba sentado en cuclillas. Le hablaba sobre el significado de la vida cristiana, le explicaba, para que nosotros, los cristianos, vivimos una vida terrenal.

“Es necesario que el Espíritu Santo entre en tu corazón, — decía — todas las obras buenas que hacemos en el nombre de Cristo, atrae a nosotros el Espíritu Santo. Sobre todo la oración, que siempre esta al alcance de nuestras manos.”

“Padre, — le contestó Motovilov, — como puedo ver la bienaventuranza de Espíritu Santo; cómo puedo saber sí está o no, conmigo? “Entonces san Serafín comenzó a presentarle ejemplos de la vida de los Santos y de los Apóstoles, pero Motovilov seguía sin entender. Entonces el anciano lo tomo con fuerza de un hombro y le dijo:” Ahora los dos estamos con el Espíritu de Dios”! Motovilov tuvo la sensación como si sus ojos se hubiesen abierto y pudo ver que el rostro del Santo estaba más luminoso que el sol. En su corazón Motovilov sentía alegría y calma, el cuerpo no sentía frío, parecía que era la época de verano, y alrededor de ellos, el aire estaba perfumado.
Motovilov se atemorizó por este extraordinario cambio, y sobre todo, porque el rostro del anciano estaba resplandeciendo como el sol. Entonces San Serafín le dijo:” No tema, padre, usted no hubiera podido verme, si usted mismo no estuviera con el Espíritu de Dios. Agradezca por lo tanto al Señor por su misericordia por nosotros.” De esta manera Motovilov entendió no solo en el corazón, pero también con su intelecto, que es lo que sucede con una persona, cuándo el Espíritu Santo desciende sobre ella y la transfigura.

 

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