Cuando Dios le paga Sus deudas a un hombre

Fr. Joseph Gleason

 

Mueres hoy. Hay un accidente inesperado, tú y tu amigo están gravemente heridos, y ustedes dos respiran sus últimos alientos.

Horrorizado, ves tu propio cuerpo yaciendo en el suelo y alrededor están tu familia y tus amigos llorando. Intentas hablar con ellos pero no te pueden oír.

 

 

Tú y tu amigo se miran y se dan cuenta de lo que ha pasado. Ustedes dos se han muerto y pronto van a hacer frente a sus juicios.

Dos ángeles brillantes se acercan a ustedes. Uno es tu ángel de la guarda y el otro es él de tu amigo. El primer dice,

—Prepárense. Vienen.—

Tú preguntas,

—¿Quién viene?—

El ángel contesta,

—Vienen.— 

Antes de que él acaba de hablar, el cielo se oscurece. Miras directamente para arriba y no ves ninguna nube. El sol está escondido de tus ojos mientras un enjambre repugnante de demonios les acerca, preparándose para atacar.

Los rodean completamente, no dejando ningún espacio para escapar. Uno después de otro, empiezan a acusarte, recordándolos a los dos de cada pecado que han cometido en sus vidas. Comienzan con tu amigo. Primero, su ángel de la guarda defiende a tu amigo del ataque. Pero entonces viene el demonio de la avaricia. Él dice,

—Durante años has ahorrado cuidadosamente tu dinero, planeando para jubilarte. Pero has descuidado a los pobres. Ahorras una gran cantidad de dinero para que puedas pasar los últimos años de tu vida en ociosidad. Pero cuando un hombre pobre te pide ayuda, lo ignoras y no le das nada. Te tienes misericordia para ti mismo pero no tienes misericordia para los pobres.—

Tu amigo no tiene palabras. El ángel de la guarda de tu amigo se esconde su rostro en sus manos, reconociendo derrota. La tierra se sacude y se abre, mostrando un foso lleno de fuego, azufre, y lava líquida. Aterrado, tu amigo grita mientras las garas de un demonio se cierran en su cuello y lo arrastra al infierno, sometiéndolo a tormentos sin fin. El suelo se cierre y todos los ojos están mirándote a ti.

Uno después de otro, cada demonio te acusa de pecado, mientras tu ángel de la guarda te defiende. Porque tú te has arrepentido frecuentemente de tus pecados, has ido a la confesión, y has tomado la Sagrada Comunión, muchos de los demonios se van, totalmente derrotados.

Pero entonces el demonio de la avaricia regresa, y te acusa. Dice,

—Lee lo que tengo escrito en este rollo. Estas son las veces que has deseado riquezas, todas las veces que has sido egoísta, y todas las veces que has gastado dinero de manera despreocupada. He recordado todo. Tu alma me pertenece a mí.—

Horrorizado por el recuerdo de tus pecados, te bajas la cabeza por vergüenza. La tierra se sacude y se abre y te encoges por terror mientras las garas del demonio se extienden hacia tu cuello, preparadas para arrastrarte al infierno.

De repente, los cielos se abren y un rayo de luz ilumina todo. Los demonios gritan y cubren sus caras mientras tu ángel de la guarda mira para arriba con asombro. Una voz trona del Cielo,

—Déjenlo. Esta persona Me pertenece.— 

El demonio de la avaricia contesta,

—¡No! ¡Este es mío! He recordado todo en este rollo. Sabes que este es culpable para todas estas cosas. Hay una deuda. ¡Y tiene que ser satisfecha!—

La voz del Cielo contesta,

—Yo también estoy en deuda y hoy la estoy pagando.— 

El demonio dice,

—¡Pero eres el Creador! ¡Eres Dios! ¿Cómo podrías estar en deudas con este pedazo de mugre? ¿Cuándo ha esta persona Te prestado dinero a Ti?—

El Señor dice,

—Es escrito, ‘Él quien le tiene compasión de los pobres, Le presta al Señor, y Él le pagará lo que ha dado.’— 

—Cada vez que esta persona le dio dinero a mendigos, fue Mi mano que recibió la ofrenda. Cada vez que este visitó a alguien en la cárcel, y mostró misericordia a los enfermos, esta persona Me estaba mostrando misericordia a Mí. Cada vez que dio algo a los pobres, esta persona Me estaba prestando dinero a Mí. Mi deuda a este es grande y hoy estoy pagando la deuda en su totalidad.— 

Un rayo de luz, más brillante que el sol, deciende sobre el demonio de avaricia, borrando cada palabra de su rollo. Por un momento, el rollo se vuelve completamente blanco. Entonces una llama pequeña aparece, grabando escritura nueva en el rollo. En letras grandes y negras se lee:

—Dar limosnas te protege de la muerte y te guarda de ir a la Oscuridad.— 

Los demonios gritan en terror y se huyen. La luz celestial te brilla en tu cara y la voz del Cielo dice,

—¿Dónde están tus acusadores?— 

Tú dices,

—Se han ido, O Señor.—

Él dice,

—Entonces Yo nunca te condeno. Hijo mío, entra en tu descanso.— 

En el Evangelio de hoy, leemos del hombre rico quien recibió una cosecha abundante. Él trabajó arduamente y Dios lo bendijo con una cosecha provechosa. Pero este hombre no les tenía misericordia para los pobres. Sólo pensaba de si mismo. Querría ahorrar todo su dinero para que pudiera vivir los últimos años de su vida en ociosidad. En vez de dar generosamente a los pobres, él sólo ahorraba dinero para jubilarse. Así que Dios le dijo, —Necio, esta noche vuelven á pedir tu alma.

El Evangelio también habla de un segundo hombre – un hombre quien es —rico hacia Dios— un hombre quien da generosamente a los necesitados y los pobres. Este hombre sensato Le presta al Señor. Y el Señor siempre pada Sus deudas.

Como dicen las Escrituras, —Él quien tiene misericordia para los pobres Le presta al Señor, y Él va a pagar lo que fue dado.—

Es escrito, —Dar limosnas te protege de la muerte y te guarda de ir a la Oscuridad.—

Que todos nosotros seamos generosos hacia los pobres para que nosotros también podamos ser rescatados de la muerte.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén.

Semana 26 después de Pentecostés – domingo, 6 de diciembre, 2020 

Padre Joseph Gleason

 

Fuente: russian-faith.com

 

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